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Sobrevivir a la disforia

  • hace 5 horas
  • 1 Min. de lectura

Hay días en los que la disforia aparece sin avisar, no manda mensaje, no toca la puerta, simplemente llega y decide instalarse en tu cabeza como si pagara renta.

 

A veces empieza con algo pequeño, un reflejo en el espejo, una foto vieja, una prenda que no se ve como esperabas. Y de pronto lo que parecía un día normal se vuelve una negociación constante con tu propio cuerpo.

 

La disforia es complicada porque no siempre es lógica. Puedes haber avanzado muchísimo en tu transición y aun así tener un día en el que todo parece retroceder.

 

Y cuando eso pasa, el consejo favorito de internet suele ser: “Ámate tal como eres.” Hermoso concepto, pero poco útil cuando tu cerebro decidió ponerse dramático a las 8 de la mañana.

 

Con el tiempo he aprendido algo más realista: no siempre necesitas amar tu cuerpo, a veces solo necesitas hacer las paces con él por hoy.

 

Ponerte ropa que te haga sentir bien, evitar espejos si lo necesitas y recordar que un mal día no borra todo el camino recorrido.

 

La disforia es una tormenta. Algunas duran horas, otros días. Pero ninguna es permanente. Y sobrevivir también cuenta como progreso.

 

Pero en fin… ¿quién soy yo para juzgar? solo soy un hombre trans intentando cambiar el mundo, un texto a la semana.


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